<inserte imagen del tío de Romina aquí>
A Romina la seguí viendo después de graduarnos. Nos fuimos de intercambio juntas y la madre. Pero no te he contado…. estábamos un día en su casa viendo repeticiones de Flavor of Love, y no podíamos escuchar la tele porque una máquina hacía mucho ruido en el jardín.
- Es que están podando el césped. Mi tío tiene que venir a hacerlo desde que a papá le dio la embolia.
El pobre señor no puede pararse al baño sin andador.
- ¡Ay, qué lindo! Venir a ayudar a su hermano ahora que lo necesita.
- N’ombre, sus hermanos ni lo pelan. El hermanito de mi madre ha hecho más cosas por nosotros que todos ellos juntos.
Hermanito, ¿eh? Pensé que sería un porro o algo así. Ya sabes, algún mamadito de Medicina o una de esas facultades donde ocupan guardaespaldas. O como el Pime, con mucha beca deportiva pero bien tarado de acá arriba. ¿Te acuerdas?
- Romy. ¿No podrás darme un vasito con agua?
Y que va entrando a la sala, todo cubierto de sudor y zacate. Encima no traía más que un speedo y una camiseta del mundial del 86. Sin mangas.
No, güey, no hagas cara de asco. No es un Pancho Galván como los que se tira la Myrna, ¿eh? Este sí está… que te zurras parada.
Está tipo… como el de los Tudors, pero con más arrugas. Acá onda el de Doctor Who. No el pelón mamado, el que le sigue. El loquito de los ojos grandes. Así, pero en región cuatro. Y no es ofensa, pinche racista. Tú eres la que piensas mal. Bueno, el chiste es que podías verle los brazos delgados pero todos marcados. Y unas piernas peludas con chamorros de futbolista, acá de que te mamaste. Sí está bien cuidado el señor, ¿eh?
- Ash, sírvetelo tú.
- ¡Romina! – Le di un manotazo – No seas grosera con tu tío.
- ¡Es que ya me tiene hasta la madre! – me dijo en voz baja la descarada. Claro que le contesté gritando:
- ESTÁ BUENO. SI NO QUIERES SERVIRLE UN VASO A TU TÍO, ENTONCES YO LO HAGO.
Me paré a la cocina, y el tío me siguió. Oh, yeah.
Fuimos en silencio porque yo no quería regarla diciendo alguna estupidez. Por eso, y porque me gustaba escucharlo respirar profundo. Había hecho mucho trabajo, y era ruidoso al inhalar y exhalar.
Ay, nada más tú te fijas en esas cosas.
¡Shhh! No he terminado. Tomé un vaso de los recién lavados y lo llené con agua del refri. El señor me pidió que le pusiera hielitos, pero me tuve que negar.
- No, señor. Usted anda muy sudado y le puede dar un aire.
- Ay, chiquita. No me digas señor, que me siento más viejo. Me llamo Reynaldo y me puedes tutear con confianza.
Agarró su agua fresca sin hielos, y la tragó como pato. Como Pedro Infante, pero más sexy todavía. No sabías si lo que le rodaba por el cuello eran gotas de sudor o agua que se le derramaba.
- Gracias, nena. – me dijo al devolverme el vaso. Lo llevé al lavabo y lo enjuagué por mi cuenta.
- ¿No es mucho trabajo eso de podar el césped?
- Para nada, tesoro. – Le gustan los eufemismos al tipo, lo sé – Cuando llevas haciendo ejercicio toda la vida, esto se te hace bien ligerito. A tu edad estaba en el equipo de waterpolo de la escuela, y llevo veinte años yendo al gym todos los días. Sin falta.
Se nota. ¡Phwarr!
- ¿Pues cuántos años tienes? – le pregunté ya que había terminado de lavar el vaso.
- A ver, ¿cuántos crees?
- Este… ¿treinta y dos?
Reynaldo soltó la carcajada. Te juro que se veía así, de treinta y dos. Bueno, de treinta y cinco, pero quise hacerle el favor.
- Jajaja, no. Más arriba.
- Treinta y cinco.
- No. Un poquito más arriba.
- Cuarenta.
- Casi.
- ¿Más arriba o más abajo?
- Más arriba, pero no tan arriba.
- Cuarenta y dos.
- Cuarenta y tres, desde el mes pasado.
Hijo de su puta madre. Si lo ves, no te la crees. Hasta se ve más chulo que una.
- Tú tienes la misma edad que Romina, ¿verdad?
- Más o menos. Yo soy de junio y ella de septiembre.
- Así que eres mayor. ¿Me pasas el vaso para servirme más agua?
Se lo di y seguimos hablando. Le dije mi nombre, pero seguía diciéndome “cielo”, “nena” y “cariño”. Hablamos de lo del papá de Romina, y le agradecí por lo que estaba haciendo.
- Debes de tener la agenda siempre llena ahora. Trabajo, venir acá, el gym, tu esposa.
¬- Jajaja, ¿cuál esposa? ¿De dónde sacas que soy casado si ni traigo anillo?
Mis papás tampoco, pero porque se hincharon como esponjas y ya no les quedan.
- Pero tienes hijos.
- Ni eso. Paso sin ver. – tocó madera. Es anti-niños, de los míos. – Ya viendo lo que Romy y Gerardo le han hecho a mi hermana, se me quitaron las ganas.
Y tú le dijiste: “qué bien, porque tengo ovario poliquístico”.
No seas mamona, ¿eh? O ya no te digo nada.
Bueno, me preguntó por mi novio, y le dije que no había. Ni pretendientes, ni nada.
- ¿Me lo juras? No quiero que llegue algún chico celoso a arruinar nuestra cita.
- ¿Cuál cita?
- ¿Pues cuándo puedes?
Quedamos en un jueves en la noche. No le dije a mi familia que iba a verme con un cuarentón, o me cantaban la de José José. Méndigos payasos.
A la universidad me fui preparada con vestido y peinado, aunque me echara carrilla el profe Espinosa. Saliendo, me recogió Reynaldo en su Pontiac Trans Am.
- ¡Qué chula! – me dijo, con dos besos en la mejilla. Olía a algún perfume fuerte de varón. Luego me dijo que era jabón Nordiko.
Traía en la radio esa estación de la bola morada…
¿Rosario colgando del retrovisor?
También.
Ingas, un virgen.
¡Ya sé! Fue lo que había pensado. Había vuelto a la píldora para nada, ¡pero, espera! No he acabado. Fuimos al restaurante que tiene forma de yate. Al que siempre había querido ir. Como Reynaldo conoce al chef desde que estaban en el waterpolo, nos sirvió recomendaciones personalizadas. A él le trajeron un filetote con guarniciones, y a mí un pollo a la florentina que estuvo casi perfecto. Tenía tres pelos chinos que no eran de ninguno de los dos, pero como quiera estaba bien. La conversación fue amena. El vino era tinto. Hubo diferencias, claro. Su ídolo es Jorge Negrete y el mío es ya-sabes-quién. Él no sabía quién. Casi no ve cine francés. Si ni inglés sabe. Pero no importa. Si quería salir con un políglota, hubiera acampado a las afueras de la ONU.
- Vivo cerca de aquí. – me contó casi de la nada. – En unos departamentos nuevos que están frente al Tec. Acabo de acomodar los muebles, y casi nadie me ha ido a visitar. ¿No te ofendería si fuéramos a verlo?
- ¡PARA NADA! – Le gritó la pinche urgida – Digo, para nada. Podemos checarlo un rato.
- ¿No te regañan en tu casa o algo?
- Nah.
¿Y TE LLEVÓ A SOLAS?
No. Se llevó al chef, a tres cocineros y a una familia de turistas que andaba cenando por ahí. CLARO QUE SÍ. ME LLEVÓ A SOLAS. Tenía puros muebles en blanco y negro. Las luces eran de esas a las que puedes regularles la intensidad. Me dijo que el clima siempre estaba a veinte grados, así que se sentía cómodo todo el tiempo. Bueno, él nada más. A mí la verdad me daba un poco de frío.
- Deja te presto una chamarra, corazón. – y aprovechó la ida a su recámara para bajarle un poco a la luz. Lo noté aunque no me lo dijera. Cuando regresó con una de sus chamarras, me la puso con cuidado y acariciando mis hombros. Al poco tiempo subía y bajaba las manos por mis brazos. Él estaba respirando como cuando fuimos a la cocina de Romina. Ya sabía a dónde iba la cosa, así que me volteé y nos besamos. Nos besamos mucho. Aunque oliera a carne, jabón y viejas caries sin tratar. Sin dejar de besarnos, nos recostamos en un sillón y continuamos por varios minutos. Tocándonos por todas partes.
¡JA! ¿DÓNDE ESTÁ SU MESÍAS AHORA?
Güey. Ni al caso. Ya cuando se puso más caliente el asunto, me susurró al oído si quería que mejor fuéramos a su recámara. Asentí con la cabeza porque ya no podía hablar sin gemir. Nada tonto el muchacho. Sabía bien lo que hacía. Nos fuimos a su cuarto mientras yo desabotonaba su camiseta y él trataba de bajar el cierre de mi vestido. Ya había dejado la chaqueta arrumbada en la sala, pero ni nos molestamos en volver por ella.
Ya entramos en ropa interior a la pieza. Tenía una cama matrimonial, un espejo en el techo y varios en las puertas del clóset frente a la cama. Otro de aquellos a los que les gusta verse haciendo el amor, quizás. Claro que yo con mucho gusto nos veía, que aquello iba a ser increíble.
- ¿Y si ponemos música?
Acepté, claro. Ya sabía de ley que para nada iba a poner a Gainsbourg, pero no había problema. Horas antes me había confesado que odiaba el reggaeton, así que estábamos fuera de peligro. ¿No?
Ssssssssssssss, ¿Y qué puso?
Sacó un disco de ópera chillout. Lo puso todo emocionado. Le seguimos dando porque, no mames, el tipo está como quiere aunque le guste la ópera chillout. Verlo follarme en los espejos fue inolvidable, aunque le guste la ópera chillout. Escucharlo respirar, profundo, encima de mí, ¡wow! Pero, ópera chillout. Estaba seca como un sauce. Aunque se viniera como desquiciado, yo estaba siendo asesinada por el Canon en D de Pachebel con batería repetitiva y una voz de robot soprano. ¿Qué chingados? Así lo han de hacer en Blade Runner, pero, ¿en la vida real? Asco.
Jajajajajaja. ¿Y qué pedo, mi Carrie Bradshaw? ¿Lo dejaste por eso de la ópera chillout?
N’ombre. ¿Qué crees que soy yo? ¿Nazi o qué cosa? Seguimos viéndonos, aunque a la Romy le dé oso. Ya no hemos llegado a su casa porque el tiempo no lo permite. Claro. Y a donde vamos me aseguro que no haya estéreo. Por si las dudas.






