With Biscuit Wheels

El tío de Romina

03/01/2010 · Leave a Comment

<inserte imagen del tío de Romina aquí>

A Romina la seguí viendo después de graduarnos. Nos fuimos de intercambio juntas y la madre. Pero no te he contado…. estábamos un día en su casa viendo repeticiones de Flavor of Love, y no podíamos escuchar la tele porque una máquina hacía mucho ruido en el jardín.
- Es que están podando el césped. Mi tío tiene que venir a hacerlo desde que a papá le dio la embolia.
El pobre señor no puede pararse al baño sin andador.
- ¡Ay, qué lindo! Venir a ayudar a su hermano ahora que lo necesita.
- N’ombre, sus hermanos ni lo pelan. El hermanito de mi madre ha hecho más cosas por nosotros que todos ellos juntos.
Hermanito, ¿eh? Pensé que sería un porro o algo así. Ya sabes, algún mamadito de Medicina o una de esas facultades donde ocupan guardaespaldas. O como el Pime, con mucha beca deportiva pero bien tarado de acá arriba. ¿Te acuerdas?
- Romy. ¿No podrás darme un vasito con agua?
Y que va entrando a la sala, todo cubierto de sudor y zacate. Encima no traía más que un speedo y una camiseta del mundial del 86. Sin mangas.
No, güey, no hagas cara de asco. No es un Pancho Galván como los que se tira la Myrna, ¿eh? Este sí está… que te zurras parada.
Está tipo… como el de los Tudors, pero con más arrugas. Acá onda el de Doctor Who. No el pelón mamado, el que le sigue. El loquito de los ojos grandes. Así, pero en región cuatro. Y no es ofensa, pinche racista. Tú eres la que piensas mal. Bueno, el chiste es que podías verle los brazos delgados pero todos marcados. Y unas piernas peludas con chamorros de futbolista, acá de que te mamaste. Sí está bien cuidado el señor, ¿eh?
- Ash, sírvetelo tú.
- ¡Romina! – Le di un manotazo – No seas grosera con tu tío.
- ¡Es que ya me tiene hasta la madre! – me dijo en voz baja la descarada. Claro que le contesté gritando:
- ESTÁ BUENO. SI NO QUIERES SERVIRLE UN VASO A TU TÍO, ENTONCES YO LO HAGO.
Me paré a la cocina, y el tío me siguió. Oh, yeah.
Fuimos en silencio porque yo no quería regarla diciendo alguna estupidez. Por eso, y porque me gustaba escucharlo respirar profundo. Había hecho mucho trabajo, y era ruidoso al inhalar y exhalar.

Ay, nada más tú te fijas en esas cosas.

¡Shhh! No he terminado. Tomé un vaso de los recién lavados y lo llené con agua del refri. El señor me pidió que le pusiera hielitos, pero me tuve que negar.
- No, señor. Usted anda muy sudado y le puede dar un aire.
- Ay, chiquita. No me digas señor, que me siento más viejo. Me llamo Reynaldo y me puedes tutear con confianza.
Agarró su agua fresca sin hielos, y la tragó como pato. Como Pedro Infante, pero más sexy todavía. No sabías si lo que le rodaba por el cuello eran gotas de sudor o agua que se le derramaba.
- Gracias, nena. – me dijo al devolverme el vaso. Lo llevé al lavabo y lo enjuagué por mi cuenta.
- ¿No es mucho trabajo eso de podar el césped?
- Para nada, tesoro. – Le gustan los eufemismos al tipo, lo sé – Cuando llevas haciendo ejercicio toda la vida, esto se te hace bien ligerito. A tu edad estaba en el equipo de waterpolo de la escuela, y llevo veinte años yendo al gym todos los días. Sin falta.
Se nota. ¡Phwarr!
- ¿Pues cuántos años tienes? – le pregunté ya que había terminado de lavar el vaso.
- A ver, ¿cuántos crees?
- Este… ¿treinta y dos?
Reynaldo soltó la carcajada. Te juro que se veía así, de treinta y dos. Bueno, de treinta y cinco, pero quise hacerle el favor.
- Jajaja, no. Más arriba.
- Treinta y cinco.
- No. Un poquito más arriba.
- Cuarenta.
- Casi.
- ¿Más arriba o más abajo?
- Más arriba, pero no tan arriba.
- Cuarenta y dos.
- Cuarenta y tres, desde el mes pasado.
Hijo de su puta madre. Si lo ves, no te la crees. Hasta se ve más chulo que una.
- Tú tienes la misma edad que Romina, ¿verdad?
- Más o menos. Yo soy de junio y ella de septiembre.
- Así que eres mayor. ¿Me pasas el vaso para servirme más agua?
Se lo di y seguimos hablando. Le dije mi nombre, pero seguía diciéndome “cielo”, “nena” y “cariño”. Hablamos de lo del papá de Romina, y le agradecí por lo que estaba haciendo.
- Debes de tener la agenda siempre llena ahora. Trabajo, venir acá, el gym, tu esposa.
¬- Jajaja, ¿cuál esposa? ¿De dónde sacas que soy casado si ni traigo anillo?
Mis papás tampoco, pero porque se hincharon como esponjas y ya no les quedan.
- Pero tienes hijos.
- Ni eso. Paso sin ver. – tocó madera. Es anti-niños, de los míos. – Ya viendo lo que Romy y Gerardo le han hecho a mi hermana, se me quitaron las ganas.

Y tú le dijiste: “qué bien, porque tengo ovario poliquístico”.

No seas mamona, ¿eh? O ya no te digo nada.
Bueno, me preguntó por mi novio, y le dije que no había. Ni pretendientes, ni nada.
- ¿Me lo juras? No quiero que llegue algún chico celoso a arruinar nuestra cita.
- ¿Cuál cita?
- ¿Pues cuándo puedes?
Quedamos en un jueves en la noche. No le dije a mi familia que iba a verme con un cuarentón, o me cantaban la de José José. Méndigos payasos.
A la universidad me fui preparada con vestido y peinado, aunque me echara carrilla el profe Espinosa. Saliendo, me recogió Reynaldo en su Pontiac Trans Am.
- ¡Qué chula! – me dijo, con dos besos en la mejilla. Olía a algún perfume fuerte de varón. Luego me dijo que era jabón Nordiko.
Traía en la radio esa estación de la bola morada…

¿Rosario colgando del retrovisor?

También.

Ingas, un virgen.

¡Ya sé! Fue lo que había pensado. Había vuelto a la píldora para nada, ¡pero, espera! No he acabado. Fuimos al restaurante que tiene forma de yate. Al que siempre había querido ir. Como Reynaldo conoce al chef desde que estaban en el waterpolo, nos sirvió recomendaciones personalizadas. A él le trajeron un filetote con guarniciones, y a mí un pollo a la florentina que estuvo casi perfecto. Tenía tres pelos chinos que no eran de ninguno de los dos, pero como quiera estaba bien. La conversación fue amena. El vino era tinto. Hubo diferencias, claro. Su ídolo es Jorge Negrete y el mío es ya-sabes-quién. Él no sabía quién. Casi no ve cine francés. Si ni inglés sabe. Pero no importa. Si quería salir con un políglota, hubiera acampado a las afueras de la ONU.
- Vivo cerca de aquí. – me contó casi de la nada. – En unos departamentos nuevos que están frente al Tec. Acabo de acomodar los muebles, y casi nadie me ha ido a visitar. ¿No te ofendería si fuéramos a verlo?
- ¡PARA NADA! – Le gritó la pinche urgida – Digo, para nada. Podemos checarlo un rato.
- ¿No te regañan en tu casa o algo?
- Nah.

¿Y TE LLEVÓ A SOLAS?

No. Se llevó al chef, a tres cocineros y a una familia de turistas que andaba cenando por ahí. CLARO QUE SÍ. ME LLEVÓ A SOLAS. Tenía puros muebles en blanco y negro. Las luces eran de esas a las que puedes regularles la intensidad. Me dijo que el clima siempre estaba a veinte grados, así que se sentía cómodo todo el tiempo. Bueno, él nada más. A mí la verdad me daba un poco de frío.
- Deja te presto una chamarra, corazón. – y aprovechó la ida a su recámara para bajarle un poco a la luz. Lo noté aunque no me lo dijera. Cuando regresó con una de sus chamarras, me la puso con cuidado y acariciando mis hombros. Al poco tiempo subía y bajaba las manos por mis brazos. Él estaba respirando como cuando fuimos a la cocina de Romina. Ya sabía a dónde iba la cosa, así que me volteé y nos besamos. Nos besamos mucho. Aunque oliera a carne, jabón y viejas caries sin tratar. Sin dejar de besarnos, nos recostamos en un sillón y continuamos por varios minutos. Tocándonos por todas partes.

¡JA! ¿DÓNDE ESTÁ SU MESÍAS AHORA?

Güey. Ni al caso. Ya cuando se puso más caliente el asunto, me susurró al oído si quería que mejor fuéramos a su recámara. Asentí con la cabeza porque ya no podía hablar sin gemir. Nada tonto el muchacho. Sabía bien lo que hacía. Nos fuimos a su cuarto mientras yo desabotonaba su camiseta y él trataba de bajar el cierre de mi vestido. Ya había dejado la chaqueta arrumbada en la sala, pero ni nos molestamos en volver por ella.
Ya entramos en ropa interior a la pieza. Tenía una cama matrimonial, un espejo en el techo y varios en las puertas del clóset frente a la cama. Otro de aquellos a los que les gusta verse haciendo el amor, quizás. Claro que yo con mucho gusto nos veía, que aquello iba a ser increíble.
- ¿Y si ponemos música?
Acepté, claro. Ya sabía de ley que para nada iba a poner a Gainsbourg, pero no había problema. Horas antes me había confesado que odiaba el reggaeton, así que estábamos fuera de peligro. ¿No?

Ssssssssssssss, ¿Y qué puso?

Sacó un disco de ópera chillout. Lo puso todo emocionado. Le seguimos dando porque, no mames, el tipo está como quiere aunque le guste la ópera chillout. Verlo follarme en los espejos fue inolvidable, aunque le guste la ópera chillout. Escucharlo respirar, profundo, encima de mí, ¡wow! Pero, ópera chillout. Estaba seca como un sauce. Aunque se viniera como desquiciado, yo estaba siendo asesinada por el Canon en D de Pachebel con batería repetitiva y una voz de robot soprano. ¿Qué chingados? Así lo han de hacer en Blade Runner, pero, ¿en la vida real? Asco.

Jajajajajaja. ¿Y qué pedo, mi Carrie Bradshaw? ¿Lo dejaste por eso de la ópera chillout?

N’ombre. ¿Qué crees que soy yo? ¿Nazi o qué cosa? Seguimos viéndonos, aunque a la Romy le dé oso. Ya no hemos llegado a su casa porque el tiempo no lo permite. Claro. Y a donde vamos me aseguro que no haya estéreo. Por si las dudas.

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Hogmanay

01/01/2010 · Leave a Comment

Tocan la puerta.
- Housekeeping! – grita una jovencita de acento polaco. Abro los ojos y estoy en la habitación de hotel que comparto con mi pareja.
“Año Nuevo en Edimburgo”, decía. “Será muy divertido”, decía. Me convenció con todo lo demás que dijo acerca de su historia, el paganismo y el fabuloso clima bajo cero.
¿Y por qué no estaba conmigo el muy cabrón?
- Housekeeping! – vuelve a gritar la muchacha, y yo me levanto para intentar abrirle. En la televisión pasan el especial navideño de Wallace y Gromit. Ese de la mujer que asesina panaderos.
Diversión para toda la familia.
Tengo ganas de ir al baño, así que mejor voy primero. No vaya a ser que me orine sólo por abrirle a la de limpieza. Llego a tiempo, pero mis pantaletas ya estaban meadas y cagadas. Parece que los restos son de hace mucho. Están secos y apestan.
¿De verdad me hice encima durante un estado de inconsciencia elevada?
Lo último que recuerdo son los fuegos pirotécnicos sobre el castillo. Las masas cantan aquel tema de “no es más que un hasta luego”, pero en inglés. Yo lo tarareo para formar parte del récord del mayor número de personas cantándola. Cillian me besa, con una ancha sonrisa y los ojos cristalinos de felicidad.
¿Entonces dónde está ese hijo del chanfle?
El lavabo está tapado e inundado. En él, flota un jabón de tocador como si surcara los Siete Mares. Intento destaparlo, pero me duelen las uñas cada vez que jalo el tapón. Mejor le digo a la del housekeeping.
Abro la puerta y ya no está. Se hartó y fue a donde sí le contestarán. “Maldita inmigrante”. Me muerdo la lengua yo, la mexicanita de intercambio. La que no llora con el curry. Qué bueno que nadie está en el pasillo, o me verían en ropa interior cochina. Cierro la puerta, me quito los chones y me pongo encima los leggins, los pantalones de mezclilla y las botas. No hay tiempo ni de buscar lencería en la maleta. Tengo que encontrar primero al ridículo de mi novio.
De pronto, un recuerdo:
Me tomo fotos con pelirrojos en kilt y les pongo cuernitos al momento en que se dispara el flash. Les pido que me enseñen lo que llevan abajo porque pienso que serán truzas con dibujos de Nessie. No lo son. Me río demasiado. Cillian también. Mientras se sostiene en mi hombro, exclama sin pena alguna:
- ¡Como si nunca hubieras visto uno!
No recuerdo exactamente lo que traían los pelirrojos debajo del kilt. Y qué bueno, porque si no me vomitaría. Otra vez.
No puedo usar este suéter asqueroso. Ni modo, me pongo la blusa y la chaqueta directamente, aunque muera de frío.
Si no me mató la vergüenza, tampoco lo hará el clima.
Tomo el elevador. Estoy en el primer piso y me rehúso a bajar las escaleras hasta planta baja. De cualquier modo, el ascensor tiembla demasiado. Empieza a girar, subir, bajar e irse en diagonal. Sé que el efecto es una ilusión, pero la nausea no lo es.
En el bar, voy en mi quinta copa de vino tinto. Aúllo el tema de Sailor Moon (en japonés) y le insisto a todos que mi verdadero nombre es Sailor Mercury.
- Hello, Sailor Mercury! – me saluda la recepcionista.
- PISS OFF! – No estoy de humor y salgo a la avenida.
Está completamente vacía. Son las tres de la tarde, pero ya está oscureciendo. He subestimado la temperatura y ahora estoy como gallina de supermercado: cruda y congelada.
Los locales están cerrados por toda Princes Street. Las boutiques que ayer presumían rebajas por liquidación ahora se encuentran en renta. No hay servicio de transporte público. Los escenarios de la fiesta siguen ahí, al igual que los espantasuegras, los gorritos y los lentes del 2009. Se nota que hubo festejo.
En medio del festejo, en estado de ebriedad y con riesgo a romperme el cuello, logro exitosamente el asana de la vela. Si me hubiera visto la maestra Lucía se hubiera sentido orgullosa de mí.
- ¿Pero qué hace esa puertorriqueña con las patas hasta arriba? ¿Livin’ la vida loca?
Me levanto de un brinco y golpeo a esa estúpida rubia. Ella me devuelve el golpe. Lo recuerdo porque ahora me empieza a doler la mejilla. Se ha agotado por completo la anestesia del alcohol.
Una farmacia está abierta, así que entro por unos Doritos Cool Ranch y un smoothie de vainilla y miel. Quiero alimentarme lo más etéreo posible. Si tuviera menos hambre, me echaba una botella de leche de magnesio.
Me recargo en un bote de basura para abrir los Doritos. De pronto, alguien me jala la pierna. Es un vago, y lo pateo.
- ¿Qué te pasa, Paulina?
El vago es Cillian. Está repleto de moretones (aparte del mío) y tan podrido como yo.
- ¿Qué te pasa a ti, que no estabas en el cuarto?
- Sí estaba, pero me salí porque me diste miedo cuando te trepaste al ropero y me exigías a gritos que te llevara a Narnia.
Eso no lo recordaba.
- Entonces salí a comprarte unos Doritos y un smoothie, pero unos orangutanes me agarraron a porrazos. Se llevaron mi billetera, el celular y el anillo de comp….

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Gallina (adelanto)

31/07/2009 · Leave a Comment

Uno de mis amigos se metió a clases de italiano.
Román, que ni inglés sabía, dejó la carrera de Mecatrónica después de ver el video de “Crystal” de New Order en Fashion TV. Tenía la costumbre de prender la televisión y usarla como sonido ambiental cuando desarrollaba sus robots en la computadora. Sintonizaba cualquier canal. Se reía de los comentarios en ocasiones. Pero esa vez que se topó con aquellos actores, jóvenes y sexys, brincando espásticamente en el escenario a go go, supo cuál era su destino.
¿Recuerdan que The Killers tomó su nombre de la banda ficticia que escenificaba este video? Pues el impacto que tuvo en Román, en cuanto al glamour, fue su equivalente.
Comenzó a comprar Vogue. Fumaba en vez de comer. Conseguía prendas baratas bajo el Puente del Papa y las restauraba en su casa. De pronto lo veías con un bolero morado, pantalones de mujer y una playera extragrande con la cara de Enrique Iglesias empapada de diamantina y con un brillantito en la verruga. Vio todas las películas de las gemelas Olsen, se hizo pen pal de Perez Hilton y se compró el osito de peluche de Karl Lagerfield. En su hablar diario, usaba frases como “fierce” y “hot tranny mess”, aunque adorara los atuendos de Alejandra Bogue. Decía que las únicas chicas con las que tendría algo romántico serían Kate Moss y Beth Ditto, pero una era muy vieja y la otra era muy lesbiana.
Cuando se enteró que Milán was the place to be, decidió que quería irse a estudiar allá. Diseño de modas, por supuesto. Sin embargo, su bluffiento padre no lo dejaría partir si no aprendía el idioma.
- Tienes que enseñarme una constancia que diga que Román Garza Treviño sabe cien por ciento de italiano. Cien por ciento. No menos.
Se inscribió en la escuela de la embajada italiana. No sabía más que decir “pizza” y “Gianni Versache” (así lo escribía el pelmazo), por lo que le correspondió el nivel de principiantes.
Sus compañeros de clase eran tres niños de kinder, una adolescente con anteojos y un norteamericano que prefirió aprender esa lengua antes que el español.
- No tengo con quien hablar, nena. Nadie sabe nada de nada, ni siquiera el gringo. A él sólo le importan el futbol y Pamela Anderson, ¡yuck! Ninguno de mis compañeros tiene sentido de la estética.
- ¿Pero no costará mucho?
- Equis. La clase de prueba es gratuita, y te pueden dar beca si ven potencial en ti.
- ¿A ti te la dieron?
- No
Fui con él la semana siguiente. Laurent, Yussif y Sergio actuaban como si sus padres los hubieran zangoloteado de bebés. Rebecca se avergonzaba hasta de que se le saliera un gallito del chongo. Jason era un mamila que traía una playera que decía “I swear it was this big”. Todos unos imbéciles. Todos insoportables.
- ¿Y quién es tu profe, dude? – Le murmuré a Román – ¿Una ñora vestida de Tatiana?
En eso entró Dino.

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Islas Canarias

09/07/2009 · Leave a Comment

canario

- Logré burlarte una vez. Está bien si no te burlo dos veces.
Le dijo Adriana, desde el coma, al ángel negro que descansaba en la esquina de su cama.

Quince años atrás, la madre soltera había sido diagnosticada con cáncer sanguíneo.
Leucemia, como suele llamársele.
Ni ella ni sus seis hermanas ni sus cuatro hermanos querían perderla. Mucho menos su madre. Mucho menos su hija, pequeña y solitaria morena que había aprendido a odiar a su padre.

Con seis meses de vida pronosticados, Adriana había hecho de todo para alejar al ángel negro. Por sus venas ya no corría sangre propia. Su estricta dieta experimental fue seguida por los demás integrantes de la familia. Renunció a la quimioterapia por falta de dinero y de ganas de quedar calva. Pero no contaba con testamentos ni epístolas de despedida. De alguna forma iba a lograr quedarse un buen rato.

El hermano de mi padre había logrado controlar las convulsiones que un gusano muerto le producía en el cerebro, gracias a un médico homeópata que contaba con un consultorio en el centro. Aseguraba curarlo todo. Hasta lo que no existía.
Si era un charlatán, al menos era bueno. Sus hierbas, sus placebos, expulsaron la enfermedad del cuerpo de Adriana. Su sistema volvió a regularizarse y ella estuvo siempre agradecida con los cielos, con la ciencia y con su fortaleza misma.

Años después, ese plasma ajeno que todavía rondaba en el sistema circulatorio le habría de traer sórdidas consecuencias.

Su piel se puso amarillenta, sus cabellos se hicieron frágiles, y su energía sólo le daba para rezar el rosario y seguir conversando con los pájaros en su idioma natal.
La hepatitis también intentó vencerse, pero sin tanta furia. La niña ya había crecido. La abuela, ya envejecido. Los jóvenes que no podían cuidarse, ahora podían cuidar.
No había de qué preocuparse, pues aunque se ganen batallas, siempre se perderá la guerra.

- Logré burlarte una vez. Está bien si no te burlo dos veces.
Le dijo Adriana, desde el coma, al ángel negro que descansaba en la esquina de su cama.
Él la tomó de la mano y la transformó en perfume. Luego, en un canto de ave. Luego, en un ente sin sangre.

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Aguador

03/07/2009 · Leave a Comment

aguador

M:

Creo que he encontrado a la persona con quien quisiera envejecer. Su nombre es D. y es uno de aquellos hombres con los que no te topas todos los días.
Es menudo y delgado, con cabellos color rubio cenizo, perfil griego, suaves ojos cafés, mentón partido y una larga y fina boca que esconde un mar de enormes dientes. Pese a ser seis años mayor, en su pálida tez se ven aún signos de adolescencia y, al mismo tiempo, estragos de la vida misma.
Sin importar su complexión, es fuerte y rápido como las señoras correosas que llevan jarrones en sus cabezas. Siendo su fuerte las tecnologías de la información, es un amo de los números y las máquinas. Observador. Perfeccionista. Perfecto. Aún con ratos sensibles para acompañarme al museo y discutir por horas, escuchar música y tocar instrumentos. Colecciona percusiones y las toca casi al azar. Tiene un sentido del humor parecido al mío, y acabamos casi siempre riéndonos solos en las reuniones. Verdaderamente no tiene ojos para nadie más. No trata a la mujer como un objeto. No tiene afiches de chicas desnudas y no tiene infatuaciones con celebridades. Es testarudo en lo que quiere y en quien quiere. Se empeña en conocerme y en hacerme feliz. Se empeña en que estemos juntos y que así permanezcamos, sin causar nunca problemas ni entregarse a vicisitudes. Con los ojos clavados en el premio, gasta solamente en cosas y momentos que valgan la pena.
Si lo conocieras, te agradaría. Tuvo orígenes humildes y ha llegado a donde está por su propia cuenta. Casi como mi padre. Le gustaría visitarlos a ustedes y a toda la familia. Dime la fecha, y vamos para que los juntes a todos.

Te quiere,
C.

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Jambalaya

22/06/2009 · Leave a Comment

Las noticias no tienen sonido. No sé si porque me senté en el control remoto o si porque el impacto me ha dejado sorda por un rato. La reportera habla con los ojos abiertos y con el micrófono reposando en la barbilla, como si diera la nota con sus últimos esfuerzos.

A sus espaldas, la entrada de un edificio en ruinas. Las ventanas sin vidrios, los marcos sin puertas, las paredes tan quemadas que se han pintado de gris.

Todo ha vuelto a ser obra negra. Quienes no le conocieron, no le conocerán jamás.

Vienen a mí los colores de la privada en la que crecí. Corro por el pasillo en mis sandalias rotas, perseguida por amigos cuyos rostros no recuerdo. Entro a la cocina de mi abuela y de un brinco me siento en el banco. Sobre la barra, coloca una enorme olla llena de arroz Jambalaya, en los días en que el fuego es nuestro aliado.

Es ahora, en el sillón, con el control remoto bajo mi trasero, que me doy cuenta que el fuego es voluble y se ha puesto en mi contra.

Estoy en ruinas. Ventanas rotas. Marcos sin puerta. Paredes grises quemadas.

Obra negra de nuevo.

En el café, él tiene párpados rosados. Sus ojos están hinchados y su piel es un desastre. Su rubio cabello de Juana de Arco se alza como brasas hacia el cielo. Se lleva las manos al rostro y me doy cuenta que ya no le quedan uñas.

- Se fue. – murmura antes de esconder un suspiro. Una lágrima más y se le derrite la cara.

Yo tomo mi espresso sin saber qué decir. He perdido la cuenta de las veces que lo han abandonado.

Es mi mejor amigo.

El pobre se suena la nariz en los puños de su camisa. No me ve cuando habla. No ve a nadie, ni al mesero, ni a la ventana. Ve hacia adentro, lo sé. Hacia lo que queda adentro.

- Esta noche iba a proponerle matrimonio.

Inoportuno cambio de planes.

No le puedo decir que hubo un incendio en mi privada. No hay nada comparable a su jeta de perro muerto.

Ahí les debo la imagen.

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Cadena

29/03/2009 · 1 Comment

kallistei1

Ella lleva mucho tiempo enferma. Males van y vienen de su cuerpo y del de su familia. Constantes cansancios tras haber roto con el junkie que te tiene miedo. El infarto del padre. Los desmayos de la madre. El hermano con pulmones de acero y la hermana con la sagacidad de Stephen Fry pero la agilidad motriz de Stephen Hawking.
Peor se puso todo cuando llegaron las brujerías. Cruces de navajas manchadas con fresca sangre de becerro. Una curiosa gatita que jamás regresa. Cuchillos con inscritos en dialectos caribeños. Mensajeros con bebidas de horchata y de ceniza.
“Si estás conmigo, estás enferma. Si no lo estás, te enfermaré”. Producto de una relación vivida en el hospital, con sangre en la nariz, Zoloft en el sistema y WiFi en todos los cuartos.

En la cocina de su piso me presenta un último recurso: una mujer con turbante – sin origen beduino, con secuelas radioactivas – le había regalado una colonia de gorgojos. A un ingenioso ingeniero se le había ocurrido criarlos y diseñar un sistema holístico y culinario para salvar vidas.
Al primer día, comes un gorgojo.
Al segundo, te comes dos.
Al tercero, tres a tu boca.
Hasta llegar al septuagésimo, con un puñado de setenta bichitos vivos cayendo por tu esófago.
Después, son sesenta y nueve para que los otros no estén tan solos.
Sesenta y ocho.
Sesenta y siete.
Ahora sí que ad nauseum.
No se muerden, o se te duerme la boca. En el estómago explotan y sus vísceras curan tus males.
De haber sabido, Freddie Mercury seguiría con nosotros. Así de bueno dicen que es.
Y si tu madre siguiera esta práctica, tú te irías desvaneciendo como Marty McFly. Así de bueno dicen que es.

Dentro del Tupperware, sobre una cama de avena, los animales viven una orgía romana. Comen plátano, pan, cacahuate y manzana. Fornican los unos con los otros. Tienen hijos y también con ellos fornican.
El Jim Morrison de los gorgojos canta:
“Father?” ”Yes, son?” ”I want to fuck you”.
“Mother?” ”Yes, son?” ”I want to fuck you all night long”.

Y lo cumple.

“¿A qué saben?”, le pregunto.
Su madre y su hermana ríen. Sacan la cámara de video como si fueran mis primeros pasos.
Ella destapa el contenedor y batalla, primero, para encontrar uno solo. Todos festejan en Sodoma y Gomorra, ignorando su inminente destino.
Mete una cuchara mientras que yo utilizo el dedo, pero nadie se quiere subir a ningún lado. Es cuando les quito una dura cáscara de plátano que reaccionan y se prenden a ella.

Los gorgojos, como nosotros, viven de sexo y comida.
Cuando se ven en riesgo de perder uno de ellos, la desesperación cunde.

Media hora antes, ella me cuenta sobre quien fuera el objeto de tu afecto. La manzana dorada en una boda de rancho, con borrosas letras griegas que llegaste a creer proclamaban tu nombre. Desataste una batalla contra molinos de viento que sólo te daban pan y abanico. Caliente y hambrienta, te quedaste caliente y hambrienta, ofuscada por manuscritos arcaicos que se confunden con tus sobrenombres.

Kallistēi.
“Para la más bella”.
No para ti.

La drástica decisión de contraer nupcias y volver a casa debió haberte adolorido. Él siempre tuvo su mirada fija en Kallistēi y las islas, aún contigo encima del regazo como una pobre huérfana pidiendo paz mundial al Santa Claus de Macy’s.
Cuando ellos se alejan, les va mejor.
Cuando nos alejamos, nos va mejor.
El concepto de amor, para ti, sigue siendo indefinible. Más parecido al moco de King Kong que al éter del Universo. No al de los hospitales.
En el columpio esperas el día en que podrás bajar a la tierra, pero sigues temiendo enlodarte los zapatos mientras ignoras que te encuentras descalza.
Durante la furia del enlace con Kallistēi, me habías lanzado tu calzado directamente a la cara.

Gastadas y flácidas zapatillas de ballet.

Me entero del origen de tu desbalance químico y la risa se apodera de mi mente. Me río sola, como loquita, del gran absurdo que es tu existencia. Habiendo atestiguado tus actos pueriles en nombre del ojo por ojo, confirmo que el karma existe y que te ha hecho pagar los quinceañeros males sin intermediarios de por medio.
Me río y te imagino cada vez más pequeña, con tu voz de robot ardido agudizándose y disminuyendo volumen. Conforme pierdes tamaño, se oscurece tu tez para combinar con aquella cosa que dices traer rota. Adquieres la forma geométrica del vientre de tu madre cuando se metió en problemas con el jefe. Hasta tu mirada hipertiroidea se transforma: ya no tienes ojos de Calígula; ahora tienes ojos de piojito.

Estás aferrada a la dura cáscara de plátano, pues tienes miedo que te quite. Es lo único que valida tu existencia, además de montarte a tu hermano.
Te transfiero a la indevorable frialdad de la cuchara, lejos de lo que has llamado propio sin contar con hipoteca. De esa que pagas letra por letra para poder asegurarle como patrimonio sentimental.
Ellas me observan impacientes e incrédulas. Tus parientes apenas notan tu ausencia. Pongo el cubierto en la boca y, sin usar los dientes, te lanzo a la garganta y te trago como medicina con varios vasos con agua.
Apenas y me di cuenta de tus patéticos intentos por regresar a la lengua. Los chorros de agua te abatieron como duchas de prisión.

Ya no tuve que seguir con los otros sesenta y nueve.
La curación fue inmediata.

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Si tuviera fiebre, esto sería un trancazo

25/03/2009 · Leave a Comment

munster

El hombre-monstruo de comedia televisiva (abuelo Munster) hace fila en el terreno baldío completamente a solas.
Quiere ser el primero en contar con un privilegio que desconozco en este polverío color sepia.
Llega rodando una mano gruesa que posee vida propia. Ojos, boca, una lengua. Cae en un cráter a los pies del hombre-monstruo.
El encaprichado se agacha sin doblar las rodillas, toma la mano entre las suyas y, aún con la espalda doblada y el trasero en posición, carcajea como un perverso anciano mientras que la mano repela y chilla con voz de serie de terror gracioso.
El hombre-monstruo saca de la manga una pequeña navaja, jala la lengua de la estridente mano, y corta el cartílago como si fuera el débil tallo de una planta. La mano grita y llora más y más hasta enmudecer por completo en el último corte. Pero sigue berreando en mute mientras le brota sangre del color de la tierra.
La carcajada del viejo también pierde su sonido.

Esta imagen me persigue todo el día.
No la comprendo.

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